La felicidad nos importa. Más que la misma, que podemos atribuir a breves momentos, nos importa el bienestar. Las personas aspiramos a cierta calidad de vida, y cuando elegimos de manera consciente, razonada, pensamos en motivos como lo útiles que nos vamos a sentir haciendo un trabajo determinado, o la repercusión que puede tener en la sociedad nuestro desempeño profesional.

¿Cuál es el sentido último de las cosas que hacemos?

¿La productividad o la calidad de vida? En la vorágine de correos, notificaciones del móvil, agenda mental, llamadas, informes a realizar, reuniones en las que estar… quizás no sea en algo en lo que nos detengamos a pensar.

Una historia con un mensaje muy claro

Unos misioneros se topan con una tribu perdida en la Amazonia. Al ver que estos usan instrumentos primitivos les ofrecen unos cuchillos de última tecnología fabricados en EEUU. Los de la tribu los aceptan con amabilidad. Pasados los años, vuelven los misioneros a la aldea de la tribu y preguntan ¿qué tal les fueron con los cuchillos? y estos les respondieron que muy bien, ahora cortaban la leña 10 veces más rápido. Los misioneros encantados, preguntaron si habían aumentado 10 veces su producción, y contestaron: qué va, ha subido 10 veces nuestra calidad de vida, ahora pasamos menos tiempo cortando árboles y más haciendo lo que nos gusta” (anónimo)

calidad de vida

No se trata de elegir

¿Qué sacrificamos? ¿Nuestra vida personal o el éxito profesional?

Si nos hemos hecho esta pregunta alguna vez, o la situación nos ha llevado a unos límites en los que hemos sentido que se nos presentaba la cuestión ella sola… es que algo falla. No podemos separar nuestra parte racional de la emocional, y la no aceptación de las emociones acaba pasando factura. Es algo que reivindican psicólogos y psicólogas, y que no pretendemos discutir. Esto no va sólo de números y porcentajes. ¿Y si buscamos ese equilibrio que nos permita tener productividad sin dañar nuestra calidad de vida?

Tampoco de acaparar TODO

Últimamente aparece mucho en los medios Byung-Chul Han, un filósofo coreano que ha dicho: “se vive con la angustia de no hacer siempre todo lo que se puede (…) Ahora uno se explota a sí mismo figurándose que se está realizando.”

La tendencia en las empresas es considerar que las personas necesitan sentir que son algo más que números. Por eso, en las que cuentan con más recursos se crean espacios recreativos, para poder disfrutar de pequeños descansos y momentos de ocio y socialización. Las que menos, tratan de asegurarse menos verticalidad en la empresa, y tienen en cuenta la importancia de la conciliación del trabajo con la vida personal.

Y todas ellas salen beneficiadas cuando piensan en términos de calidad de vida. Esta nos lleva a realizar cambios en los modos de hacer, algunos coincidentes con los que haríamos si sólo pensásemos en productividad. ¿La diferencia? Cuando nuestra estrategia se centra en las personas, sus resultados se hacen duraderos.

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